Pues uno tenía decorados para estas escenas; árboles que allí crecían; flores; cierta luz; unas cuantas figuras. Todo tendía a instalarse en un jardín donde no existía nada de esta melancolía ni de este aspaviento de manos; la gente hablaba con un tono de voz corriente. Entraban y salían durante todo el día. Había una anciana cotilleando en la cocina; y las persianas eran absorbidas y expulsadas por la brisa; todo soplaba, todo crecía; y sobre todos aquellos platos, boles y altas flores rojas y amarillas que se agitaban amenazantes, un velo amarillo muy fino se extendía, como una hoja de parra, por la noche. Las cosas se volvían más quietas y oscuras por la noche. Pero el velo en forma de hoja era tan sutil que las luces lo levantaban, las voces lo arrugaban; a través de él podía ver una figura agachada, oír, acercándose, alejándose, el crujido de algún vestido, el tintineo de alguna cadena.
Fue en este mundo donde la rueda pasó por encima del pie de la persona. Algo, recordaba, se detuvo y se ensombreció sobre él; no quería moverse; algo se alzó en el aire, algo árido y afilado descendió incluso allí, como una hoja, una cimitarra, golpeando a través de las hojas y las flores aun de aquel mundo feliz y haciendo que se marchitaran y cayeran.
—Lloverá —recordó que decía su padre—. No podrás ir al Faro.
El Faro era entonces una torre plateada y de aspecto brumoso con un ojo amarillo que se abría repentina y suavemente al caer la tarde. Ahora—
James miró hacia el Faro. Pudo ver las rocas encaladas; la torre, sobria y recta; pudo ver que estaba franjeada de blanco y negro; pudo ver en ella ventanas; incluso pudo ver ropa tendida en las rocas para que se secara. Así que aquello era el Faro, ¿eh?
No, el otro era también el Faro. Porque nada era simplemente una sola cosa. El otro era el Faro también. A veces apenas se podía ver al otro lado