Había botas y zapatos; y un cepillo y un peine dejados en el tocador, talmente como si esperara volver mañana. (Había muerto muy de repente al final, decían).
Y una vez habían estado a punto de venir, pero habían pospuesto el viaje, con lo de la guerra y lo difícil que era viajar en estos días; nunca habían venido en todos estos años; solo le mandaban dinero; pero nunca escribían, nunca venían, y esperaban encontrar las cosas tal como las habían dejado, ¡ay, Dios mío!
Por qué los cajones del tocador estaban llenos de cosas (los abrió de un tirón), pañuelos, trozos de cinta. Sí, podía ver a la señora Ramsay cuando subía por la entrada con la colada.
—Buenas tardes, señora McNab —decía ella.
Tenía un trato muy agradable. A todas las muchachas les caía bien. Pero Dios mío, muchas cosas habían cambiado desde entonces (cerró el cajón); muchas familias habían perdido a sus seres más queridos.
Así que había muerto; y el señor Andrew muerto; y la señorita Prue muerta también, decían, con su primer hijo; pero todo el mundo había perdido a alguien en estos años. Los precios habían subido vergonzosamente, y tampoco volvían a bajar. Bien podía recordarla con su capa gris.
—Buenas tardes, señora McNab —dijo, y le indicó a la cocinera que le guardara un plato de sopa de leche; pensaba que buena falta le haría tras cargar con esa cesta pesada desde el pueblo—. Todavía podía verla, inclinada sobre sus flores (y tenue y titilante, como un rayo amarillo o el círculo al fondo de un telescopio, una dama con capa gris, inclinada sobre sus flores, vagaba por la pared del dormitorio, subía por el tocador, cruzaba el lavabo, mientras la señora McNab cojeaba y deambulaba, sacudiendo el polvo, ordenando).