noble. Debía de haber tenido sus dudas acerca de aquella mesa, supuso; si la mesa era una mesa de verdad; si valía el tiempo que le dedicaba; si después de todo era capaz de encontrarla. Había tenido dudas, sentía ella, o habría exigido menos de la gente. De eso hablaban a veces tarde por la noche, sospechaba; y luego, al día siguiente, la señora Ramsay se veía cansada, y Lily montaba en cólera con él por cualquier tontería absurda.
Pero ahora no tenía con quién hablar de aquella mesa, ni de sus botas, ni de sus nudos; y era como un león hambriento de presa, y su rostro tenía ese matiz de desesperación, de exageración en él que la alarmaba, y la hacía recogerse las faldas.
Y luego, recordaba, se produjo esa súbita revitalización, esa repentina llamarada (cuando ella alabó sus botas), esa repentina recuperación de la vitalidad y del interés por las cosas humanas ordinarias, que también pasó y cambió (pues él siempre estaba cambiando, y no ocultaba nada) en esa otra fase final que era nueva para ella y que, lo confesaba, la había hecho avergonzarse de su propia irritabilidad, cuando parecía como si se hubiera despojado de las preocupaciones y las ambiciones, y de la esperanza de simpatía y del deseo de alabanza, hubiera entrado en alguna otra región, se sintiera atraído, como por curiosidad, en un coloquio mudo, ya fuera consigo mismo o con otro, a la cabeza de esa pequeña procesión fuera del alcance de uno.
¡Un rostro extraordinario!
La verja dio un portazo.