decirlas? ¿No somos acaso más expresivos así? El momento al menos parecía extraordinariamente fecundo. Hizo un pequeño agujero en la arena y lo tapó, a modo de enterrar en él la perfección del instante. Era como una gota de plata en la que uno se sumergía para iluminar la oscuridad del pasado.
Lily dio un paso atrás para poner su lienzo —así— en perspectiva. Era un camino extraño por el que andar, este de la pintura. Uno avanzaba abierta y decididamente, cada vez más lejos, hasta que al fin parecía encontrarse sobre una tabla estrecha, completamente solo, sobre el mar. Y al sumergirse en la pintura azul, se sumergía también allí en el pasado. Ahora la señora Ramsay se levantaba, recordaba. Era hora de volver a la casa, hora de almorzar. Y todos subieron de la playa juntos, ella caminando detrás con William Bankes, y ahí iba Minta delante de ellos con un agujero en la media. ¡Cómo parecía ostentarse ante ellos aquel pequeño agujero redondo de talón rosado! ¡Cómo lo deploraba William Bankes, sin, que ella recordara, decir nada al respecto! Para él significaba la aniquilación de la femineidad, y la suciedad y el desorden, y los criados que se marchaban y las camas sin hacer a mediodía: todas las cosas que más aborrecía. Tenía una forma de estremecerse y abrir los dedos como para cubrir un objeto desagradable, cosa que hizo ahora, sosteniendo la mano frente a sí. Y Minta siguió caminando adelante, y presumiblemente Paul salió a su encuentro y ella se fue con Paul al jardín.
Los Rayley, pensó Lily Briscoe, exprimiendo su pomo de pintura verde. Recogió sus impresiones sobre los Rayley. Sus vidas se le aparecían en una serie de escenas; una, en la escalera al amanecer. Paul había llegado y se había ido a la cama temprano; Minta iba tarde. Ahí estaba Minta, coronada, maquillada, chillona en la escalera hacia las tres de la mañana. Paul salió en pijama llevando un tascafuegos por si había ladrones. Minta se comía un sándwich, de pie a mitad de