Luego de nuevo caía el silencio; y entonces, noche tras noche, y a veces en pleno mediodía cuando las rosas estaban radiantes y la luz dibujaba su forma nítida en la pared, parecía caer en este silencio, en esta indiferencia, en esta integridad, el golpe sordo de algo al caer.
[Estalló un proyectil. Veinte o treinta jóvenes volaron por los aires en Francia, entre ellos Andrew Ramsay, cuya muerte, por fortuna, fue instantánea.]
En aquella estación, aquellos que habían bajado a pasear por la playa y a preguntar al mar y al cielo qué mensaje traían o qué visión afirmaban, tenían que considerar entre las habituales muestras de la divina generosidad —la puesta de sol en el mar, la palidez del alba, la luna ascendiendo, los barcos pesqueros contra la luna y los niños arrojándose puñados de hierba unos a otros— algo que no armonizaba con esta jocundidad, con esta serenidad. Estaba la aparición silenciosa de un barco color ceniza, por ejemplo, que venía y se iba; había una mancha purpúrea sobre la mansa superficie del mar, como si algo hubiera hervido y sangrado, invisiblemente, en las profundidades. Esta intrusión en una escena calculada para despertar las más sublimes reflexiones y conducir a las más confortables conclusiones detuvo su paso. Era difícil pasarla por alto con placidez, anular su significado en el paisaje; continuar, mientras se caminaba junto al mar, maravillándose de cómo la belleza exterior reflejaba la belleza interior.
¿Acaso la Naturaleza suplió lo que el hombre propuso? ¿Acaso completó lo que él comenzó? Con igual complacencia vio su miseria, perdonó su bajeza y consintió suplicio. Ese sueño, pues, de compartir, completar, de hallar en la soledad de la playa una respuesta, ¿no era sino el reflejo en un espejo, y el espejo en sí no era más que la superficie vítrea que se forma en el sosiego cuando las potencias más nobles duermen en las profundidades?