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nydus/To the LighthousePublic
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XIX

atrás, hacia arriba, abriéndose paso bajo pétalos que se curvaban sobre ella, de modo que solo sabía esto es blanco, o esto es rojo. Al principio no sabía en absoluto qué

Steer, hither steer your winged pines, all beaten Mariners ella leyó y pasó la página, balanceándose, haciendo eses de aquí para allá, de un renglón a otro como de una rama a otra, de una flor roja y blanca a otra, hasta que un ruidito la sacó de su ensimismamiento: su esposo dándose palmadas en los muslos. Sus miradas se cruzaron por un segundo; pero no querían hablarse. No tenían nada que decirse, pero algo parecía, no obstante, ir de él hacia ella. Era la vida, era el poder de ella, era el tremendo humor, lo sabía, lo que hacía que él se diera palmadas en los muslos. No me interrumpas, parecía estar diciendo, no digas nada; limítate a estar ahí sentada. Y él siguió leyendo. Sus labios se contrajeron. Eso lo llenaba. Eso lo fortificaba. Se olvidaba por completo de todos los pequeños roces y puyas de la velada, y de lo indeciblemente aburrido que le había resultado quedarse quieto mientras la gente comía y bebía interminablemente, y de lo irritable que había estado con su esposa y lo quisquilloso que se ponía y cómo le importaba que pasaran por alto sus libros como si ni siquiera existieran. Pero ahora, sentía, le importaba un bledo quién llegara a la Z (si el pensamiento discurría como un abecedario de la A a la Z). Alguien llegaría —si no él, otro. La fuerza y la cordura de este hombre, su sensibilidad hacia las cosas sencillas y directas, estos pescadores, la pobre y enloquecida criatura de la cabaña de Mucklebackit lo hacían sentirse tan vigoroso, tan liberado de algo, que se sentía conmovido y triunfante y no podía contener las lágrimas. Levantando un poco el libro

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