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nydus/To the LighthousePublic
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VIII

ya fuera con asertividad, ya fuera con autoridad; ya fuera con la intención de que la gente le tuviera lástima; y todo el tiempo, mientras su padre leía y pasaba una tras otra aquellas pequeñas páginas, James seguía temiendo el momento en que alzara la vista y le hablara con aspereza sobre cualquier cosa. ¿Por qué se estaban remoloneando por ahí? exigiría, o algo de lo más irrazonable por el estilo. Y si lo hace, pensó James, entonces cogeré un cuchillo y se lo clavaré en el corazón.

Siempre había conservado ese viejo símbolo de tomar un cuchillo y clavarselo al padre en el corazón. Solo que ahora, a medida que envejecía, y se quedaba mirando fijamente a su padre con una rabia impotente, no era a él, a ese viejo leyendo, a quien quería matar, sino a aquello que se abatía sobre él —sin que él tal vez lo supiera—: esa arpía feroz, repentina y de alas negras, con las garras y el pico fríos y duros, que golpeaba y golpeaba una y otra vez (podía sentir el pico en sus piernas desnudas, donde le había golpeado cuando era un niño) y luego se marchaba, y allí estaba otra vez él, un viejo, muy triste, leyendo su libro. A eso mataría, a eso le atravesaría el corazón.

Hiciera lo que hiciese⁠—(y podría hacer cualquier cosa, sentía, mirando el Faro y la costa distante) ya fuera dedicarse a los negocios, a un banco, ser abogado, estar al frente de alguna empresa, eso lo combatiría, lo rastrearía y lo exterminaría⁠—tiranía, despotismo, lo llamaba él⁠—, obligar a la gente a hacer lo que no quería hacer, cercenar su derecho a hablar. ¿Cómo podía alguno de ellos decir: Pero no quiero, cuando él decía: Id al Faro. Haced esto. Traedme aquello. Las alas negras se extendían y el pico duro desgarraba. Y al momento siguiente, allí estaba sentado leyendo su libro; y podía levantar la vista⁠—uno nunca sabía⁠—con toda sensatez. Podía hablar con los Macalister. Podía estar metiendo una moneda de oro en la

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