celebrará la ocasión; y sintió que brotaba en ella una extraña sensación, a la vez caprichosa y tierna, de estar celebrando una festividad, como si en su interior se despertaran dos emociones, una profunda —pues ¿qué podía haber más serio que el amor de un hombre por una mujer, qué más imperativo, más imponente, que llevar en su seno las semillas de la muerte?; y, al mismo tiempo, a estos amantes, a esta gente que entraba en la ilusión con los ojos brillantes, había que rodearlos de burlas con danzas, decorarlos con guirnaldas.
—Es un triunfo —dijo el señor Bankes, dejando el cuchillo a un lado por un momento. Había comido con atención. Era rico; era tierno. Estaba perfectamente cocinado.
¿Cómo se apañaba ella para lograr estas cosas en lo más hondo del campo?, le preguntó. Era una mujer maravillosa. Todo su amor, toda su reverencia habían regresado; y ella lo sabía.
—Es una receta francesa de mi abuela —dijo la señora Ramsay, hablando con un matiz de gran satisfacción en la voz.
Por supuesto que era francesa. Lo que pasa por cocina en Inglaterra es una abominación (coincidieron). Es meter coles en agua. Es asar la carne hasta que queda como el cuero. Es cortar las deliciosas pieles de las verduras.
—En las cuales —dijo el señor Bankes—, se encuentra toda la virtud de la vegetal.
Y el desperdicio, dijo la señora Ramsay. Toda una familia francesa podría vivir de lo que una cocinera inglesa tira a la basura.
Impulsada por la sensación de que el cariño de William había vuelto a ella, y de que todo volvía a estar bien, y de que su incertidumbre había terminado, y de que ahora era libre tanto para triunfar como para