Pues la masa se cernía ante ella; sobresalía; sentía que le presionaba los globos oculares. Entonces, como si se rociara espontáneamente algún jugo necesario para la lubricación de sus facultades, comenzó a sumergirse con precaución entre los azules y los sombras tostadas, moviendo el pincel de aquí para allá, pero ahora era más pesado y avanzaba más lento, como si hubiera tropezado con algún ritmo que le dictaban (sin dejar de mirar el seto, el lienzo) las cosas que veía, de modo que, si bien su mano temblaba de vida, este ritmo era lo suficientemente fuerte como para arrastrarla consigo en su corriente. Sin duda estaba perdiendo la conciencia de las cosas externas. Y a medida que perdía la conciencia de las cosas externas, y de su nombre y su personalidad y su apariencia, y de si el señor Carmichael estaba allí o no, su mente seguía arrojando desde sus profundidades escenas, nombres, dichos, recuerdos e ideas, como una fuente que brotara sobre aquel espacio blanco, deslumbrante y horriblemente difícil, mientras lo modelaba con verdes y azules.
Charles Tansley solía decir, recordaba, que las mujeres no saben pintar, no saben escribir. Acercándose por detrás, se había parado muy cerca de ella, algo que ella odiaba, mientras pintaba justo en este mismo lugar. «Tabaco de hebra —decía—, cinco peniques la onza», haciendo gala de su pobreza, de sus principios. (Pero la guerra le había quitado el aguijón a su feminidad. Pobres diablos, pensaba una, pobres diablos de ambos sexos, metiéndose en esos líos). Siempre llevaba un libro bajo el brazo, un libro morado. Él «trabajaba». Se sentaba, recordaba, a trabajar bajo un sol abrasador. En la cena se sentaba justo en medio de las vistas.
Y luego, pensó, estuvo aquella escena en la playa. Hay que acordarse de eso. Era una mañana ventosa. Habían ido todos a la playa.