Así pues, con todas las lámparas apagadas, la luna oculta y una fina lluvia tamborileando en el tejado, comenzó un aguacero de inmensa oscuridad.
Nada, al parecer, podía sobrevivir a la inundación, a la profusión de oscuridad que, colándose por las cerraduras y las rendijas, se deslizó en torno a las persianas, entró en los dormitorios, devorándose aquí una jofaina y un lebrillo, allá un cuenco de dalias rojas y amarillas, allá los bordes afilados y el contorno firme de una cómoda.
No solo los muebles quedaron confundidos; ya no quedaba casi nada de cuerpo o mente por lo que uno pudiera decir «Este es él» o «Esta es ella».
A veces se alzaba una mano como para aferrar algo o apartar algo, o alguien gemía, o alguien soltaba una carcajada como si compartiera una broma con la nada.
Nada se movía en el salón, ni en el comedor, ni en la escalera. Solo a través de los goznes oxidados y la madera hinchada y húmeda de mar, ciertas brisas, desgajadas del cuerpo del viento (la casa era destartalada al fin y al cabo), se deslizaban por las esquinas y se aventuraban al interior.
Casi cabría imaginárselas, al entrar en el salón, interrogándose y preguntándose, jugando con el borde del papel pintado que colgaba, preguntándose si duraría mucho más colgado, cuándo se caía.
Luego, rozando suavemente las paredes, seguían su camino pensativas como si preguntaran a las rosas rojas y amarillas del papel si se marchitarían, y cuestionando (con suavidad, pues disponían de tiempo) las cartas rotas en la papelera, las flores, los libros, que ahora se les abrían por completo, y preguntando: ¿Eran aliadas? ¿Eran enemigas? ¿Cuánto tiempo resistirían?