Allí no sienten nada, pensó Cam, mirando la orilla que, elevándose y hundiéndose, se iba alejando y aquietando cada vez más.
Su mano iba abriendo un surco en el mar, mientras su mente convertía los remolques y vetas verdes en dibujos y, entumecida y envuelta en brumas, vagaba en la imaginación por aquel inframundo de aguas donde las perlas se adherían en racimos a las blancas ramificaciones, donde bajo la luz verde una transformación se operaba en toda la mente de uno y el cuerpo de uno brillaba medio transparente envuelto en una capa verde.
Entonces el remolino se calmó alrededor de su mano. El rumor del agua cesó; el mundo se llenó de pequeños crujidos y chirridos. Se oían las olas rompiendo y golpeando contra el costado del bote como si estuvieran anclados en el puerto. Todo se volvió muy cercano a uno.
Porque la vela, en la que James tenía los ojos fijos hasta que se había vuelto para él como una persona a la que conocía, cedió por completo; allí se detuvieron, flameando a la espera de una brisa, bajo el sol abrasador, a millas de la costa, a millas del Faro. Todo en el mundo entero pareció detenerse. El Faro se volvió inamovible, y la línea de la costa distante quedó fija.
El sol se hizo más intenso y todos parecieron acercarse mucho y sentir la presencia de los demás, que casi habían olvidado. El cordel de pesca de Macalister se hundió verticalmente en el mar. Pero el señor Ramsay siguió leyendo con las piernas encogidas bajo el cuerpo.
Él leía un librito brillante con tapas jaspeadas como un huevo de chorlito. De vez en cuando, mientras aguardaban en esa horrible calma, pasaba una página. Y James sentía que cada página era pasada con un gesto peculiar dirigido a él: