Así pues, con la casa vacía, las puertas cerradas con llave y los colchones enrollados, aquellas brisas errantes, vanguardias de grandes ejércitos, entraban con bravuconería, rozaban las tablas desnudas, mordisqueaban y abanicaban, sin encontrar nada en el dormitorio o en el salón que opusiera total resistencia, sino solo cortinas que ondeaban, madera que crujía, las patas desnudas de las mesas, cacerolas y porcelana ya cubiertas de pelusa, empañadas, agrietadas. Lo que la gente había abandonado y dejado —un par de zapatos, una gorra de caza, algunas faldas y abrigos descoloridos en los armarios—, eso solo conservaba la forma humana y, en la vacuidad, indicaba cómo en otro tiempo estuvieron llenos y animados; cómo en otro tiempo las manos bregaban con ganchos y botones; cómo en otro tiempo el espejo había retenido un rostro; había retenido un mundo vaciado en el que una figura giraba, una mano relucía, la puerta se abría, entraban los niños corriendo y tropezando; y volvían a salir. Ahora, día tras día, la luz tornaba, como una flor reflejada en el agua, su nítida imagen en la pared de enfrente. Solo las sombras de los árboles, florecientes al viento, hacían reverencia en la pared y oscurecían por un instante el estanque en el que la luz se reflejaba; o las aves, al volar, hacían que una mancha suave revoloteara lentamente por el suelo del dormitorio.
Reinado daba así la hermosura y la quietud, y juntas formaban la silueta de la hermosura misma, una forma de la que la vida se había apartado; solitaria como un estanque alos anochecer, muy lejano, visto desde la ventanilla de un tren, desvaneciéndose tan deprisa que al estanque, pálido en la tarde, apenas se le arrebata su soledad, aunque una vez visto. La hermosura y la quietud se unían las manos en el dormitorio, y entre las jarras cubiertas y las sillas enfundadas, ni siquiera el fisgoneo del viento, y la blanda nariz de los húmedos aires marinos, frotando,