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nydus/To the LighthousePublic
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XI

Uno no tenía que hablar en absoluto. Uno se deslizaba, uno sacudía las velas (había bastante movimiento en la bahía, los botes estaban zarpando) entre las cosas, más allá de las cosas. Vacía no estaba, sino llena hasta el borde. Le parecía estar de pie hasta el cuello en alguna sustancia, moverse y flotar y hundirse en ella, sí, pues aquellas aguas eran insondablemente profundas. En ellas se habían derramado tantas vidas. La de los Ramsay; la de los hijos; y toda clase de cosas descarriadas y dispersas además. Una lavandera con su cesta; una graja; un ajipollo; los púrpuras y verde-grises de las flores: algún sentimiento común que mantenía todo unido.

Fue quizá un sentimiento de plenitud semejante el que, diez años atrás, de pie casi en el mismo sitio en que se hallaba ahora, la había llevado a decir que tenía que estar enamorada de aquel lugar.

El amor tenía mil formas. Podría haber amantes cuyo don consistiera en escoger los elementos de las cosas y unirlos y así, dotándolos de una integridad que no poseen en la vida, hacer de algún escenario, o encuentro de gentes (hoy ya todos ausentes y separados), una de esas cosas esféricas y compactas sobre las que el pensamiento se demora y el amor juguetea.

Sus ojos se posaron en la mota marrón del velero del señor Ramsay. Estarían en el faro a la hora de comer, supuso. Pero el viento había refrescado y, a medida que el cielo cambiaba ligeramente y el mar cambiaba ligeramente y los barcos alteraban sus posiciones, la vista, que un momento antes había parecido milagrosamente fija, resultaba ahora insatisfactoria. El viento había dispersado la estela de humo; había algo desagradable en la disposición de los barcos.

La desproporción que allí había pareció alterar cierta armonía en su propia mente. Sintió un desconcierto confuso. Se confirmó cuando se volvió hacia su cuadro. Había estado desperdiciando la mañana. Por la razón que fuese, no lograba alcanzar ese filo de navaja del equilibrio entre dos fuerzas

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