Insensatamente, los había sentado el uno frente al otro. Eso podía remediarse mañana. Si hacía buen tiempo, debían ir de picnic. Todo parecía posible. Todo parecía correcto.
En aquel mismo instante (pero esto no puede durar, pensó, distanciándose del momento mientras todos hablaban de botas), en aquel mismo instante había alcanzado la seguridad; se cernía como un halcón suspendido; como una bandera ondeaba en un elemento de dicha que llenaba cada nervio de su cuerpo de lleno y con dulzura, no ruidosamente, solemnemente más bien, pues surgía, pensó, mirándolos a todos allí comiendo, del marido, los hijos y los amigos; todo lo cual, elevándose en aquella profunda quietud (le estaba sirviendo a William Bankes un trocito más y oteaba en las profundidades de la olla de barro), parecía ahora, sin ningún motivo especial, quedarse allí como un humo, como un vaho que ascendía, manteniéndolos a salvo y unidos.
Nada había que decir; nada se podía decir. Ahí estaba, rodeándolos por todas partes.
Participaba, sintió ella, ayudando con cuidado al señor Bankes a servirse un trozo especialmente tierno, de la eternidad; tal como ya había sentido acerca de algo distinto un poco antes aquella tarde; hay una coherencia en las cosas, una estabilidad; algo, quería decir, es inmune al cambio, y brilla (miró de reojo hacia la ventana con su oleaje de luces reflejadas) frente a lo fluido, lo fugaz, lo espectral, como un rubí; de modo que otra vez esta noche tenía la sensación que ya había tenido una vez hoy, de paz, de descanso.
De tales momentos, pensó, está hecha la cosa que perdura para siempre después. Esto perduraría.
—Sí —le aseguró a William Bankes—, hay de sobra para todos.
“Andrew —dijo—, baja el plato, o voy a volcarlo”.