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nydus/To the LighthousePublic
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IV

Las velas ondeaban sobre sus cabezas. El agua reía y golpeaba los costados del bote, que adormilado yacía inmóvil bajo el sol. De vez en cuando las velas se rizaban con una brisa ligera, pero el rizo las recorría y se detenía. El bote no se movía en absoluto.

El señor Ramsay iba sentado en el centro del bote. Se impacientaría en un momento, pensó James, y pensó Cam, mirando a su padre, que se sentaba en el medio del bote entre ambos (James llevaba el timón; Cam iba sola en la proa) con las piernas fuertemente encogidas. Odiaba esperar sin hacer nada.

Y claro, tras inquietarse un segundo o dos, le dijo algo cortante al muchacho de Macalister, quien sacó los remos y se puso a remar. Pero sabían que su padre nunca estaría contento hasta que fueran a toda velocidad. Seguiría buscando brisa, inquietándose, diciendo cosas entre dientes que Macalister y el muchacho de Macalister oirían, y ambos se sentirían horriblemente incómodos.

Él los había hecho venir. Los había obligado a venir. En su enojo esperaban que la brisa jamás soplara, que se viera frustrado en todo lo posible, ya que los había obligado a venir en contra de su voluntad.

Todo el camino hasta la playa se habían quedado rezagados juntos, aunque él les ordenaba «A andar, a andar», sin hablar. Llevaban la cabeza gacha, la cabeza oprimida por un vendaval implacable. Hablarle, no podían. Tenían que ir; tenían que seguir. Tenían que caminar detrás de él cargando paquetes de estraza. Pero juraron, en silencio, mientras caminaban, apoyarse mutuamente y cumplir el gran pacto: resistir la tiranía hasta la muerte. Así que allí se sentarían, el uno en un extremo del bote, el otro en el otro, en silencio. No dirían nada, solo lo mirarían de

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