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nydus/To the LighthousePublic
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VII

—¡Señora Ramsay! —gritó Lily—, ¡señora Ramsay! Pero no pasó nada. El dolor aumentó. ¡Pensar que la angustia podía reducir a uno a tal grado de imbecilidad! De todos modos, el viejo no la había oído. Seguía siendo benévolo, tranquilo —si se quería pensar así—, sublime. ¡Alabado sea el cielo, nadie había oído su grito de ignominia: detén el dolor, deténlo! No había perdido la razón de manera evidente. Nadie la había visto dar el paso fuera de su tablón para caer en las aguas de la aniquilación. Seguía siendo una solterona escuálida, sosteniendo un pincel en el césped.

Y ahora, despacio, el dolor de la ausencia y la amarga cólera (por haber sido llamada de vuelta, justo cuando creía que ya nunca volvería a sentir pena por la señora Ramsay. ¿La había echado de menos entre las tazas de café del desayuno? En absoluto) mermaron; y de su angustia quedó, a modo de antídoto, un alivio que era un bálsamo en sí mismo y también, aunque más misteriosamente, la sensación de que alguien estaba allí, de la señora Ramsay, liberada por un momento del peso que el mundo le había impuesto, permaneciendo ligeramente a su lado y luego (porque esta era la señora Ramsay en toda su belleza) alzando hacia su frente una guirnalda de flores blancas con la que se marchaba.

Lily volvió a apretar sus tubos. Afrontó aquel problema del seto. Era extraño con qué claridad la veía, caminando con su habitual rapidez a través de campos entre cuyos pliegues, violáceos y suaves, entre cuyas flores, jacintos o lirios, se desvanecía.

Era algún truco del ojo de la pintora. Durante días, después de haber sabido de su muerte, la había visto así, poniéndose la guirnalda en la frente e yéndose sin rechistar con su acompañante, una sombra, a través de los campos. La visión, la frase, tenían el poder de consolar.

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