segundo la intensidad de la emoción, la determinación de no dejarse distraer, de no dejarse engañar. Había que sostener la escena —así— en un tornillo de banco y no dejar que nada entrara a estropearla. Uno quería, pensó, mojando el pincel deliberadamente, estar al nivel de la experiencia ordinaria, sentir simplemente eso es una silla, eso es una mesa, y sin embargo, al mismo tiempo, es un milagro, es un éxtasis. El problema tal vez se resolviera después de todo. Ah, pero ¿qué había pasado? Una ola de blancura recorrió el vidrio de la ventana. El aire debía de haber movido algún volante en el cuarto. Su corazón dio un vuelco, la apresó y la atormentó.
“¡Señora Ramsay! ¡Señora Ramsay!”, exclamó, sintiendo el viejo horror de vuelta: el ansia y el ansia y el no tener. ¿Podría seguir infligiendo eso todavía? Y entonces, tranquilamente, como si se contuviera, aquello también pasó a formar parte de la experiencia ordinaria, quedó al nivel de la silla, de la mesa. La señora Ramsay—era parte de su bondad perfecta hacia Lily—se sentaba allí con total sencillez, en la silla, movía las agujas de un lado a otro, tejía su media marrón rojiza, proyectaba su sombra en el escalón. Allí estaba sentada.
Y como si tuviera algo que debía compartir, aunque apenas pudiera apartarse del caballete, tan llena tenía la mente de lo que estaba pensando, de lo que estaba viendo, Lily pasó junto al señor Carmichael con el pincel en ristre hasta el borde del césped.
¿Dónde estaría aquel bote ahora? ¿El señor Ramsay? Lo necesitaba.