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nydus/To the LighthousePublic
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III. La ventana

Pero, al fin y al cabo, ¿qué es una noche? Un breve espacio, sobre todo cuando la oscuridad se desvanece tan pronto, y tan pronto canta un pájaro, canta un gallo, o un débil verdor aviva, como una hoja que gira, en el seno de la ola.

La noche, sin embargo, sucede a la noche. El invierno guarda un montón de ellas en reserva y las reparte por igual, de manera uniforme, con dedos infatigables. Se alargan; se oscurecen.

Algunas sostienen en alto planetas claros, platos de brillo. Los árboles otoñales, por estropeados que estén, adquieren el destello de banderas raídas que se encienden en la penumbra de frías cuevas catedralicias donde letras de oro sobre páginas de mármol describen la muerte en combate y cómo los huesos se blanquean y arden muy lejos en las arenas indias.

Los árboles otoñales brillan bajo la luz amarilla de la luna, bajo la luz de las lunas de cosecha, la luz que suaviza la energía de la labor, y alisa el rastrojo, y trae la ola lamiendo de azul la orilla.

Parecía ahora como si, tocada por la penitencia humana y por todo su esfuerzo, la bondad divina hubiera corrido el velo y exhibido detrás, solitaria, nítida, la liebre erguida; la ola rompiendo; la barca meciéndose, las cuales, si las mereciéramos, serían nuestras para siempre. Mas ¡ay!, la bondad divina, tirando de la cuerda, corre el velo; no le agrada; oculta sus tesoros en un aguacero de granizo, y de tal modo los destruye, de tal modo los confunde que parece imposible que su calma vuelva jamás o que logremos componer jamás a partir de sus fragmentos un todo perfecto o leer en las piezas desperdigadas las claras palabras de la verdad.

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