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nydus/To the LighthousePublic
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VI

La primavera sin una hoja que arrojar, desnuda y brillante como una virgen feroz en su castidad, desdeñosa en su pureza, yacía extendida sobre campos de ojos muy abiertos y atentos, e indifeferentes por completo a lo que hicieran o pensaran los espectadores.

[Prue Ramsay, apoyada en el brazo de su padre, contrajo matrimonio aquel mes de mayo. ¿Qué podía haber más adecuado?, decía la gente. Y, añadían, ¡qué hermosa iba!]

Al acercarse el verano, al alargarse las tardecitas, acudían a los desvelados, a los esperanzados, que caminaban por la playa, que agitaban la poza, imaginaciones de la especie más extraña: de carne convertida en átomos que volaban ante el viento, de estrellas destellando en sus corazones, de acantilado, mar, nube y cielo reunidos a propósito para ensamblar externamente las partes dispersas de la visión interior. En esos espejos, las mentes de los hombres, en esas pozas de aguas inquietas, en las que las nubes giran por siempre y se forman sombras, los sueños persistían, y era imposible resistirse a la extraña confidencia que cada gaviota, flor, árbol, hombre y mujer, y la tierra blanca misma parecían declarar (pero para retirarse de inmediato si se les interrogaba) de que el bien triunfa, la felicidad prevalece, el orden manda; ni resistir el estímulo extraordinario de deambular de aquí para allá en busca de algún bien absoluto, de algún cristal de intensidad, remoto de los placeres conocidos y las virtudes familiares, algo ajeno a los procesos de la vida doméstica, singular, duro, brillante, como un diamante en la arena, que tornaría seguro a quien lo poseyera. Además, ablandada y aquiescente, la primavera con sus abejas zumbando y sus mosquitos danzando se echaba el manto sobre los hombros, se velaba los ojos, desviaba la cabeza, y entre sombras pasajeras y ráfagas de lluvia fina parecía haber asumido un conocimiento de las penas de la humanidad.

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