Pues nuestra penitencia merece solo un vislumbre; nuestro esfuerzo, solo una tregua.
Las noches ahora están llenas de viento y destrucción; los árboles se hunden y se doblan y sus hojas vuelan en desbandada hasta que el césped queda tapizado de ellas y se acumulan en los canalones, ahogan las bajantes de lluvia y esparcen los senderos húmedos.
También el mar se agita y se rompe, y si algún durmiente, imaginando que podría encontrar en la playa una respuesta a sus dudas, un partícipe de su soledad, se quita las sábanas y baja solo a caminar por la arena, ninguna imagen con visos de servicio y divina prontitud acude fácilmente a su mano para poner orden en la noche y hacer que el mundo refleje el alcance del alma.
La mano se empequeñece en su mano; la voz brama en su oído. Casi parecería inútil en semejante confusión hacerle a la noche aquellas preguntas sobre el qué, el porqué y el para qué, que tientan al durmiente a levantarse de la cama en busca de una respuesta.
[El señor Ramsay, tropezando por un pasillo, extendió los brazos una oscura mañana, pero habiendo muerto la señora Ramsay de manera bastante repentina la noche anterior, extendió los brazos. Permanecieron vacíos.]