¿Y el nombre de la cocinera ahora? ¿Mildred? ¿Marian?—algún nombre así. Ah, se había olvidado—se olvidaba de las cosas. Fiera, como todas las pelirrojas. Cuánto se habían reído. Siempre era bienvenida en la cocina. Los hacía reír, vaya que sí. Las cosas estaban mejor antes que ahora.
Ella suspiró; había demasiado trabajo para una sola mujer. Meneó la cabeza de un lado a otro.
Este había sido el cuarto de los niños. ¡Vaya, si estaba todo húmedo por aquí!; el yeso se estaba cayendo. ¿A qué se les ocurriría colgar ahí el cráneo de una bestia? mohoso también, además. Y ratas en todos los desvanes. Se filtraba la lluvia. Pero nunca mandaban; nunca venían. Algunas cerraduras se habían roto, así que las puertas daban portazos.
Tampoco le gustaba estar aquí arriba al anochecer a solas. Era demasiado para una sola mujer, demasiado, demasiado. Crujió, gimió. Dio un portazo. Dio vuelta a la llave en la cerradura y dejó la casa cerrada a cal y canto, bajo llave, sola.