de la bahía. Por la noche uno levantaba la vista y veía el ojo abriéndose y cerrándose y la luz parecía llegar hasta ellos en aquel jardín aireado y soleado donde se sentaban.
Pero se contuvo. Siempre que decía «ellos» o «una persona», y empezaba entonces a oír el crujido de alguien que venía, el tintineo de alguien que se iba, se volvía extremadamente sensible a la presencia de quienquiera que pudiese estar en la habitación.
Era su padre ahora. La tensión se volvió aguda. Pues en un instante, si no soplaba brisa, su padre cerraría de golpe las tapas de su libro y diría: «¿Qué está pasando ahora? ¿A qué estamos remoloneando aquí, eh?», tal como, una vez antes, había bajado su hoja de afeitar entre ellos en la terraza y ella se había quedado rígida por completo, y si hubiera habido un hacha a mano, un cuchillo o cualquier cosa con punta afilada, él la habría cogido y le habría atravesado el corazón a su padre.
Su madre se había quedado rígida por completo y luego, flojeándole el brazo —de modo que él sintió que ella ya no lo escuchaba—, se había levantado de algún modo, se había ido y lo había dejado allí, impotente, ridículo, sentado en el suelo agarrando un par de tijeras.
No soplaba ni una pizca de aire. El agua reía y gorgoteaba en el fondo de la barca, donde tres o cuatro caballas batían la cola arriba y abajo en un charco de agua que no llegaba a cubrirlas. En cualquier momento el señor Ramsay (James apenas se atrevía a mirarlo) podía desperezarse, cerrar su libro y decir algo punzante; pero por el momento estaba leyendo, de modo que James, furtivamente, como si bajara sigiloso a pie pelas por la escalera, temeroso de despertar a un perro guardian con una tabla crujiente, continuó pensando cómo era ella, ¿dónde fue aquel día? Empezó a seguirla de habitación en habitación y por fin llegaron a una estancia donde, bajo una luz azul, como si el reflejo proviniera de muchos