No queriendo recordarlo así, y preguntándose si en la cena habrían adivinado por qué se había puesto irritable de repente al hablar de la fama y de los libros perdurables, preguntándose si los niños se estarían riendo de aquello, sacó la media de un tirón, y todas las finas incisiones grabadas con instrumentos de acero se marcaron alrededor de sus labios y su frente, y se quedó inmóvil como un árbol que ha estado agitándose y temblando y ahora, al calmarse la brisa, se aquieta, hoja a hoja.
No importaba, nada de aquello, pensó. Un gran hombre, un gran libro, la fama—¿quién podría decirlo? Ella no sabía nada al respecto. Pero era su manera de ser, su veracidad—por ejemplo, a la hora de cenar había estado pensando de forma muy instintiva: ¡Si tan solo hablara! Tenía plena confianza en él. Y descartando todo esto, tal como quien al bucear deja atrás ahora una planta acuática, ahora una brizna, ahora una burbuja, volvió a sentir, hundiéndose más, tal como se había sentido en el vestíbulo mientras los otros hablaban: Hay algo que quiero—algo que he venido a buscar, y se hundía más y más sin saber muy bien qué era, con los ojos cerrados. Y esperó un poco, tejiendo, preguntándose, y lentamente aquellas palabras que habían dicho en la cena, «el rosal de China está en plena floración y zumbando con la abeja melífera», empezaron a ir y venir de lado a lado de su mente rítmicamente, y mientras iban y venían, las palabras, como pequeñas luces veladas, una roja, otra azul, otra amarilla, se encendían en la oscuridad de su mente, y parecían abandonar sus perchas allá arriba para volar de un lado a otro, o para gritar y ser respondidas con ecos; así que se giró y palpó la mesa a su lado en busca de un libro.
Y todas las vidas que hemos vivido y todas las vidas por venir, están llenas de árboles y hojas cambiantes —murmuró ella, clavando las agujas en la media. > > Y abrió el libro y empezó a leer aquí y allá al azar, y al hacerlo sintió que trepaba hacia