Haría que le sonriera. Encontraría algo sencillo y fácil que decirle. ¿Pero qué? Pues, absorto como estaba en su trabajo, olvidaba el tipo de cosas que se decían. Había un cachorro. Tenían un cachorro. ¿Quién cuidaba del cachorro hoy? preguntó.
Sí, pensó James sin piedad, viendo la cabeza de su hermana contra la vela, ahora va a rendirse. Me quedaré solo para luchar contra el tirano. A él le tocaría cumplir el pacto. Cam nunca resistiría la tiranía hasta la muerte, pensó con severidad, observando su rostro, triste, huraño, dócil.
Y como a veces sucede cuando una nube cae sobre una ladera verde y la gravedad desciende y allí, entre todas las colinas circundantes, reina la penumbra y la tristeza, y parece como si las colinas mismas debieran meditar sobre el destino de la nublada, de la oscurecida, ya sea con compasión, ya regocijándose con malicia en su desamparo: así Cam se sintió ahora ensombrecida, mientras estaba allí sentada entre gente calmada y resuelta y se preguntaba cómo responderle a su padre acerca del cachorro; cómo resistir su súplica —perdóname, cuídate de mí—, mientras James el legislador, con las tablas de la sabiduría eterna abiertas sobre las rodillas (su mano en el timón se había vuelto simbólica para ella), decía: Resístele. Lucha contra él. Él lo decía con razón; con justicia.
Pues debían luchar contra la tiranía hasta la muerte, pensó. De todas las cualidades humanas, la que más veneraba era la justicia. Su hermano era de lo más parecido a un dios, su padre, de lo más suplicante. ¿Y a cuál se cedía, pensó, sentada entre ambos, contemplando la orilla cuyas puntas le eran del todo desconocidas, y pensando en cómo el césped, la terraza y la casa se habían borrado ya y la paz habitaba allí?
—Jasper —dijo de mal humor—. Él cuidaría al cachorro.
¿Y cómo iba a llamarlo?, insistía su padre.