Su padre estaba registrando los bolsillos; en otro segundo habría encontrado su libro. Pues nadie la atraía más; le parecian hermosas sus manos y sus pies, y su voz, y sus palabras, y su prisa, y su carácter, y su rareza, y su pasión, y el decir abiertamente ante todos, perecemos, cada uno en solitario, y su lejanía.
(Había abierto su libro.)
Pero lo que seguía siendo intolerable, pensó, sentada muy derecha, viendo al muchacho de Macalister arrancar el anzuelo de las agallas de otro pez, era esa ciega necedad y tiranía suyas que habían envenenado su infancia y desatado amargas tormentas, de modo que aún ahora se despertaba por la noche temblando de rabia y recordando alguna orden suya; alguna insolencia: «Haz esto», «Haz lo otro»; su dominio: su «Sométete a mí».
Así que no dijo nada, sino que miró con terquedad y tristeza la orilla, envuelta en su manto de paz; como si la gente de allí se hubiera dormido, pensó; fuera libre como el humo, fuera libre para ir y venir como fantasmas. Allí no tienen sufrimiento, pensó.