La alababa, allí donde era más susceptible a la alabanza, pensar cómo, envuelta en sus corazones, por mucho que vivieran ella quedaría tejida; y esto, y esto, y esto, pensó, subiendo las escalera, riéndose, pero con afecto, del sofá del descansillo (el de su madre), de la mecedora (la de su padre); del mapa de las Hébridas.
Todo aquello reviviría de nuevo en las vidas de Paul y Minta; «los Rayley» —probó el nuevo nombre—; y sintió, con la mano en la puerta de la guardería, esa comunión de sentimientos con los demás que otorga la emoción, como si las paredes divisorias se hubieran vuelto tan delgadas que prácticamente (el sentimiento era de alivio y felicidad) todo formaba una sola corriente, y las sillas, las mesas, los mapas, eran suyos, eran de ellos, no importaba de quién, y Paul y Minta continuarían con ello cuando ella hubiera muerto.
Giró el picaporte con firmeza, para que no chirriara, y entró, frunciendo ligeramente los labios, como para recordarse a sí misma que no debía hablar en voz alta. Pero nada más entrar vio, con molestia, que la precaución era innecesaria. Los niños no estaban dormidos. Era sumamente molesto. Mildred debería tener más cuidado. Ahí estaba James muy despierto y Cam sentada estirada del todo, y Mildred fuera de la cama con los pies descalzos, y eran casi las once y estaban todos hablando. ¿Qué pasaba? Era otra vez esa horripilante calavera. Le había dicho a Mildred que la quitara, pero Mildred, por supuesto, lo había olvidado, y ahora estaban Cam muy despierta y James muy despierto peleándose cuando deberían haber estado dormidos hacía horas. ¿Qué se le había cruzado a Edward por la cabeza para mandarles esta horripilante calavera? Había sido tan tonta como para dejar que la