pensaba Lily, alisando el camino para sus hormigas. No estaba inventando; solo intentaba alisar algo que le habían dado años atrás doblado; algo que había visto. Pues en el trote cochino de la vida cotidiana, con todos esos niños por allí, todos esos visitantes, uno tenía constantemente una sensación de repetición—de una cosa cayendo donde otra había caído, y formando así un eco que repiqueteaba en el aire y lo llenaba de vibraciones.
Pero sería un error, pensó, al pensar en cómo se alejaban juntos, ella con su chal verde, él con la corbata al viento, del brazo, pasando junto al invernadero, simplificar su relación. No era una monotonía de dicha —ella con sus impulsos y vivezas; él con sus escalofríos y melancolías—. Oh, no. La puerta del dormitorio se cerraba de un portazo violentamente temprano por la mañana. Él se levantaba de la mesa enfadado. Hacía salir disparado su plato por la ventana. Luego, por toda la casa flotaba una sensación de puertas que se cerraban de golpe y persianas que aleteaban como si soplara un viento racheado y la gente correteara intentando asegurar a toda prisa las escotillas y dejar todo en orden de marcha. Ella se había encontrado a Paul Rayley así, un día en las escaleras. Se habían reído y reído, como un par de niños, todo porque el señor Ramsay, al encontrar una tijerilla en la leche en el desayuno, había mandado todo volando por los aires hacia la terraza exterior. «Una tijerilla», murmuró Prue, sobrecogida, «en su leche». Otros podían encontrar ciempiés. Pero él había construido a su alrededor una valla de santidad tal, y ocupaba el espacio con un talante de majestad tal, que una tijerilla en su leche era un monstruo.
Pero aquello cansaba a la señora Ramsay, la acobardaba un poco—los platos silbando y las puertas dando portazos. Y a veces caían entre ellos largos y rígidos silencios, cuando, en un estado de ánimo que a Lily le molestaba en ella, medio lastimero, medio resentido, parecía incapaz de superar la tempestad con calma, o de reír como reían ellos, sino que en su cansancio tal vez ocultaba algo. Meditaba y se quedaba callada. Al cabo