Bebían el té a veces en el dormitorio, o en el estudio; interrumpiendo el trabajo a mediodía con la mancha en el rostro, y las viejas manos apretadas y agarrotadas por los mangos de las escoba.
Derrumbados en las sillas, contemplaban ahora la magnífica conquista sobre los grifos y la bañera; luego el triunfo más arduo, más parcial, sobre largas hileras de libros, antaño negros como cuervos, ahora manchados de blanco, que criaban pálidos hongos y secretaban arañas furtivas.
Una vez más, al sentir el té tibio dentro de ella, el catalejo se acopló a los ojos de la señora McNab, y en un círculo de luz vio al viejo, flaco como un rastrillo, negando con la cabeza, mientras ella se acercaba con la colada, hablando solo, según creía ella, en el césped. Él nunca reparaba en ella.
Unos decían que él había muerto; otros decían que ella había muerto. ¿Cuál de los dos era? La señora Bast tampoco lo sabía con certeza. El joven había muerto. De eso estaba segura. Había leído su nombre en los periódicos.
Allí estaba la cocinera ahora, Mildred, Marian, algún nombre de esos—una mujer pelirroja, de mal genio como todas las de su calaña, pero buena también, si uno sabía cómo tratarla. Cuántas risas habían compartido juntos. Le guardaba un plato de sopa a Maggie; un bocado de jamón, a veces; lo que sobraba. Vivían bien en aquellos días. Tenían todo lo que querían (con fluidez, jovialmente, con el té caliente haciendo efecto, devanaba su ovillo de recuerdos, sentada en la mecedora de mimbre junto a la reja de la guardería). Siempre había mucho jaleo, gente en la casa, a veces hasta veinte huéspedes, y friendo platos hasta mucho después de la medianoche.
La señora Bast (nunca los había conocido; por entonces vivía en Glasgow), dejando la taza, se preguntaba por qué demonios colgarían allí el cráneo de aquella bestia. Disparada en tierras extranjeras sin duda.