aire. Habían llegado, sintió ella, a una isla soleada donde habitaba la paz, reinaba la sensatez y el sol brillaba por siempre, la bendita isla de las buenas botas. Su corazón se encariñó con él. —A ver ahora si sabes hacer un nudo —dijo. Descartó con desdén su débil sistema. Le enseñó su propio invento. Una vez que lo atabas, jamás se deshacía. Tres veces le ató el zapato; tres veces lo
¿Por qué, en este momento completamente inoportuno, cuando él se inclinaba sobre su zapato, se sentía tan atormentada por la compasión hacia él que, al inclinarse ella también, la sangre le subió a las rostros, y, pensando en su insensibilidad (lo había llamado comediante), sintió que los ojos se le hinchaban y picaban de lágrimas? Así ocupado le parecía una figura de infinita compasión. Ataba nudos. Compraba botas. No había cómo ayudar al señor Ramsay en el viaje que estaba emprendeindo. Pero ahora, justo cuando ella deseaba decir algo, tal vez podría haber dicho algo, aquí estaban —Cam y James. Aparecieron en la terraza. Venían, rezagados, lado a lado, una pareja seria y melancólica.
¿Pero por qué venían de ese modo? No pudo evitar sentirse molesta con ellos; podrían haber venido con más alegría; podrían haberle dado lo que, ahora que ya se habían marchado, ella no tendría la oportunidad de darle. Pues sintió un vacío repentino; una frustración. Su sentimiento había llegado demasiado tarde; ahí estaba, a punto; pero él ya no lo necesitaba. Se había convertido en un hombre muy distinguido, de edad avanzada, que no tenía la menor necesidad de ella. Se sintió menospreciada. Se echó una mochila al hombro. Repartió los paquetes —había varios, mal atados, envueltos en papel de estraza—. Mandó a Cam por una capa. Tenía toda la apariencia de un líder preparándose para una expedición. Luego, dando media vuelta, abrió el paso con su firme paso militar, con