como si fueran criaturas salvajes que eran totalmente libres y se mecían, daban volteretas y jugaban así para siempre.
Ahora podían ver a dos hombres en el Faro, que los observaban y se disponían a recibirlos.
Mr. Ramsay se abrochó el abrigo y se dobló los pantalones hacia arriba. Tomó el paquete grande de papel de estraza, mal envuelto, que Nancy le había preparado y se sentó con él en las rodillas. Así, completamente listo para desembarcar, se quedó sentado mirando hacia atrás, hacia la isla.
Con sus ojos miopes quizás pudiera ver con total claridad aquella forma menguada que parecía una hoja apoyada de canto sobre un plato de oro. ¿Qué podía ver? Se preguntaba Cam. Para ella todo era un borrón. ¿En qué estaría pensando ahora? Se preguntaba. ¿Qué era lo que buscaba, con tanta fijeza, con tanta intensidad, en absoluto silencio?
Los dos lo observaban, sentados con la cabeza descubierta y el paquete sobre las rodillas, mirando fijamente y sin parpadear aquella frágil silueta azul que parecía el vapor de algo que se hubiera consumido por completo. ¿Qué quieres? querían preguntar ambos. Ambos querían decir, pídenos lo que sea y te lo daremos.
Pero él no les pidió nada. Se sentó a mirar la isla y tal vez estuviera pensando: Perecimos, cada uno en su soledad, o tal vez estuviera pensando: He llegado. Lo he encontrado, pero no dijo nada.
Luego se puso el sombrero.
“Traigan esos paquetes”, dijo, haciendo un gesto con la cabeza hacia las cosas que Nancy les había preparado para llevar al Faro. “Los paquetes para los hombres del Faro”, dijo. Se levantó y se quedó de pie en la proa del bote, muy derecho y alto, ni más ni menos, pensó James, que si estuviera diciendo: “No hay Dios”, y