él hasta que consiguiera su cátedra o se casara con su esposa, y así ya no tuviera que estar diciendo siempre: «Yo—yo—yo». Pues a eso se reducía su crítica al pobre sir Walter, o quizás fuera a Jane Austen. «Yo—yo—yo». Estaba pensando en sí mismo y en la impresión que causaba, como podía deducir por el tono de su voz, y su énfasis y su inquietud. El éxito le sentaría bien. En cualquier caso, ya habían vuelto a empezar. Ahora no tenía necesidad de escuchar.
No podía durar, lo sabía, pero en ese momento sus ojos estaban tan limpios que parecían recorrer la mesa desvelando a cada una de estas personas, y a sus pensamientos y a sus sentimientos, sin esfuerzo, como una luz que se desliza bajo el agua de modo que sus ondas y los juncos que hay en ella y lospiscardos que se equilibran, y la repentina y silenciosa trucha quedan todos iluminados, suspendidos, temblorosos.
Así los veía; así los oía; pero todo lo que decían poseía también esta cualidad, como si lo que decían fuera como el movimiento de una trucha cuando, al mismo tiempo, se pueden ver la onda y la grava, algo a la derecha, algo a la izquierda; y el conjunto se mantiene unido; pues mientras que en la vida activa estaría pescando con red y separando una cosa de otra; estaría diciendo que le gustaban las novelas de Waverley o que no las había leído; se estaría empujando a sí misma hacia delante; ahora no decía nada.
Por el momento quedó suspendida.
—Ah, pero ¿cuánto tiempo crees que durará? —dijo alguien. Era como si tuviera antenas que le temblaban y que, al interceptar ciertas frases, se las impusieran a la atención. Esta era una de ellas. Olfateó el peligro para su marido. Una pregunta así llevaría, casi con seguridad, a que se dijera algo que le recordara su propio fracaso. ¿Durante cuánto tiempo lo seguirían leyendo? —pensaría de inmediato.