Sin malicia, pues la familia no vendría, nunca más, decían algunos, y la casa se vendería por San Miguel tal vez, la señora McNab se agachó y cortó un ramo de flores para llevarse a casa. Los dejó sobre la mesa mientras sacudía el polvo. Le gustaban las flores. Era una pena dejar que se desperdiciaran.
Supóngase que la casa se vendiera (se quedó de pie con las manos en jarra frente al espejo), habría que echarle una ojeada, vaya que sí.
Allí había estado todos estos años sin un alma dentro. Los libros y las cosas se habían llenado de moho porque, entre la guerra y lo difícil que era conseguir ayuda, la casa no se había limpiado como a ella le hubiera gustado. Ya superaba las fuerzas de una sola persona ponerla en orden. Era demasiado mayor. Le dolían las piernas.
Todos esos libros necesitaban ser extendidos en el césped al sol; se había caído yeso en el recibidor; el bajante de la lluvia se había atascado sobre la ventana del estudio y había dejado entrar el agua; la alfombra estaba arruinada por completo. Pero la gente debería venir en persona; deberían haber mandado a alguien a echar un vistazo.
Porque había ropa en los armarios; habían dejado ropa en todos los dormitorios. ¿Qué iba a hacer ella con ella? Estaban apolilladas las cosas de la señora Ramsay. ¡Pobre señora! Ya no las querría nunca más. Había muerto, decían, hacía años, en Londres. Allí estaba el viejo abrigo gris que se ponía para arreglar el jardín (la señora McNab lo palpó). Podía verla, cuando subía por la entrada con la colada, inclinada sobre sus flores (el jardín daba ahora pena, todo desbocado, y con conejos escampando de los bancales hacia ti)—podía verla con uno de los niños a su lado en aquel abrigo gris.