más serena; hasta que, oh, qué lástima que lo hicieran —una mano se estiró, tomó una pera y estropeó todo el asunto. Con simpatía, miró a Rose. Miró a Rose sentada entre Jasper y Prue. ¡Qué extraño que el hijo de uno hiciera eso!
Qué extraño verlos sentados ahí, en fila, sus hijos, Jasper, Rose, Prue, Andrew, casi en silencio, pero con alguna broma propia en marcha, adivinaba, por el temblor en sus labios.
Era algo completamente ajeno a todo lo demás, algo que se guardaban para reír a solas en su cuarto. No sería sobre su padre, eso esperaba. No, pensaba que no. Qué sería, se preguntaba, con cierta tristeza, pues le parecía que se reirían cuando ella no estuviera.
Todo eso se acumulaba detrás de aquellos rostros bastante rígidos, quietos, semejantes a máscaras, pues no participaban fácilmente; eran como observadores, inspectores, un poco elevados o apartados de la gente mayor.
Pero cuando miró a Prue esta noche, vio que aquello ya no era del todo cierto en su caso. Ella apenas estaba comenzando, apenas moviéndose, apenas descendiendo. Una luz tenues se posaba en su rostro, como si el fulgor de Minta enfrente, cierta emoción, cierta anticipación de felicidad se reflejara en ella, como si el sol del amor entre hombres y mujeres se alzara sobre el borde del mantel, y sin saber qué era, ella se inclinaba hacia él y lo saludaba.
No dejaba de mirar a Minta, con timidez, pero con curiosidad, de modo que la señora Ramsay miró de la una a la otra y dijo, hablándole a Prue en su propio fuero interno: Serás tan feliz como ella algún día.
Serás mucho más feliz, añadió, porque tú eres mi hija, quería decir; sus propias hijas debían ser más felices que las hijas de los demás.