aquellas botas maravillosas, cargando con paquetes de papel de estraza, sendero abajo, con sus hijos siguiéndole. Parecían, pensó, como si el destino los hubiera consagrado a alguna empresa severa, y marchaban hacia ella, aún lo suficientemente jóvenes como para dejarse arrastrar sumisos a la zaga de su padre, obedientes, pero con una palidez en la mirada que le hacía sentir que sufrían en silencio algo impropio de su edad. Así pasaron el borde del césped, y a Lily le pareció presenciar una procesión que se alejaba, impulsada por alguna tensión de sentimiento común que hacía de ella, vacilante y decaída como era, una pequeña compañía unida y extrañamente impresionante para ella. Con cortesía, pero con mucha distancia, el señor Ramsay alzó la mano y la saludó al pasar.
Pero ¡qué rostro!, pensó, sintiendo de inmediato que la compasión que no se le había pedido exigía ser expresada. ¿Qué lo había puesto así? Pensando, noche tras noche, suponía ella; sobre la realidad de las mesas de cocina, añadió, recordando el símbolo que, en su vaga idea de lo que el señor Ramsay pensaba sobre Andrew, se le había ocurrido. (Había muerto instantáneamente por la esquirla de una granja, recordó).
La mesa de la cocina era algo visionario, austero; algo desnudo, duro, nada ornamental. No tenía color; todo en ella eran bordes y ángulos; era implacablemente sencilla.
Pero el señor Ramsay mantenía siempre los ojos fijos en ella, sin permitirse jamás distraerse o dejarse engañar, hasta que su rostro también se volvió demacrado y ascético y participó de esta belleza desprovista de ornamentos que a ella tanto la impresionaba.
Luego, recordó (de pie en el lugar donde él la había dejado, sosteniendo el pincel), las preocupaciones lo habían desgastado—no de forma tan