Ni alabes el profundo bermellón en la rosa, leyó, y al leer iba ascendiendo, sentía, hacia la cima, hacia la cumbre. ¡Qué satisfacción! ¡Qué descanso! Todos los cabos sueltos del día se pegaban a este imán; su mente se sentía barrida, limpia. Y entonces allí estaba, de repente entera modelada en sus manos, hermosa y razonable, clara y completa, la esencia extraída de la vida y sostenida aquí, redonda: el soneto.
Pero ella empezaba a notar que su marido la miraba. Él le sonreía, con cierta sorna, como si la estuviera ridiculizando amablemente por haberse dormido a plena luz del día, pero al mismo tiempo pensaba: Sigue leyendo.
Ahora no pareces triste, pensó. Y se preguntó qué estaría leyendo, y exageró su ignorancia, su sencillez, pues le gustaba pensar que ella no era lista, ni letrada en absoluto. Se preguntó si entendería lo que estaba leyendo. Probablemente no, pensó.
Era asombrosamente hermosa. Su belleza le parecía, si es que eso era posible, que iba en aumento.
Aún parecía invierno, y, estando usted ausente, como con su sombra, con estos jugué yo, terminó ella.
—¿Y bien? —dijo ella, devolviéndole la sonrisa con aire soñador, mientras levantaba la vista de su libro.
Como con tu sombra jugué con estos, murmuró poniendo el libro sobre la mesa.
¿Qué habría pasado, se preguntó, mientras cogía su labor de punto, desde la última vez que había estado a solas con él? Recordaba haberse vestido y