el zumbido de un escarabajo sanjuanero, el chirrido de una rueda, alto, bajo, pero misteriosamente emparentado; que el oído se esfuerza por reunir y está siempre a punto de armonizar pero que nunca llegan a oírse del todo, nunca llegan a armonizarse por completo, y por fin, al atardecer, uno tras otro los sonidos se apagan, y la armonía vacila, y el silencio cae. Con la puesta de sol se perdió la agudeza, y como niebla que asciende, la quietud se alzó, la quietud se extendió, el viento se calmó; holgadamente el mundo se sacudió para dormir, oscuramente aquí sin una luz que le perteneciera, salvo la que llegaba impregnada de verde a través de las hojas, o pálida sobre las flores blancas junto a la ventana.
[Lily Briscoe hizo que le subieran el bolso a la casa tarde una noche de septiembre. El señor Carmichael llegó en el mismo tren.]