altura junto a una ventana, con la cadavérica luz matutina, y la alfombra tenía un agujero. Pero ¿qué se decían? se preguntó Lily, como si al mirar pudiera oírles. Algo violento. Minta seguía comiéndose el sándwich, de forma irritante, mientras él hablaba. Él decía palabras indignadas y celosas, insultándola, en un murmullo para no despertar a los niños, a los dos muchachos. Él estaba marchito, consumido; ella, extravagante, descuidada. Pues las cosas se habían desajustado tras el primer año más o menos; el matrimonio había resultado bastante mal.
Y esto, pensó Lily, tomando la pintura verde con su brocha, esto de inventarse escenas sobre ellos, es lo que llamamos «conocer» a la gente, «pensar» en ellos, ¡«tener afecto» por ellos!
Ni una sola palabra de aquello era verdad; se lo había inventado; pero era aquello por lo que los conocía a fin de cuentas.
Siguió abriéndose paso a tunelazos en su cuadro, en el pasado.
Otra vez, Paul dijo que «jugaba al ajedrez en los cafés». Ella había construido también toda una estructura de imaginación sobre ese dicho. Recordaba cómo, al decirlo, ella pensó en cómo él llamaba por teléfono al servicio, y ella decía «la señora Rayley no está, señor», y él decidía que tampoco volvería a casa. Lo veía sentado en el rincón de algún lugar lúgubre donde el humo se adhería a los asientos de felpa roja, y las camareras llegaban a conocerte, jugando al ajedrez con un hombrecillo que trabajaba en el sector del té y vivía en Surbiton, pero eso era todo lo que Paul sabía de él. Y entonces Minta no estaba cuando él volvía a casa y luego se armaba aquella escena en la escalera, cuando él cogía el tenedor de la chimenea por si había ladrones (sin duda para asustarla a ella también) y hablaba con tanta amargura, diciendo que ella le había arruinado la vida.