Mr. Ramsay casi había terminado de leer. Una mano aleteaba sobre la página como si estuviera lista para pasarla en el mismo instante en que terminara.
Estaba sentado allí con la cabeza descubierta y el viento agitando sus cabellos, extraordinariamente expuesto a todo. Parecía muy viejo.
Pensaba James, mientras acomodaba su cabeza ora contra el Faro, ora contra la extensión de aguas que se alejaban hacia alta mar, que parecía una vieja piedra tirada en la arena; parecía haberse convertido físicamente en aquello que siempre latía en el fondo de la mente de ambos: esa soledad que era para los dos la verdad de las cosas.
Él leía muy deprisa, como si estuviera deseando llegar al final. En verdad, ya estaban muy cerca del Faro. Allí se alzaba, rígido y recto, de un blanco y negro deslumbrante, y se veían las olas rompiendo en astillas blancas como vidrio roto contra las rocas. Se veían las líneas y los pliegues de las rocas. Se veían las ventanas con claridad; una mancha blanca en una de ellas y un pequeño mechón verde en la roca. Un hombre había salido, los había mirado con un catalejo y había vuelto a entrar. Así que era así, pensó James, el Faro que uno había visto al otro lado de la bahía durante todos estos años; era una torre austera sobre una roca desnuda. Le satisfacía. Confirmaba algún sentimiento oscuro que tenía sobre su propio carácter. Las ancianas, pensó, acordándose del jardín de su casa, andaban arrastrando las sillas por el césped. La vieja señora Beckwith, por ejemplo, siempre estaba diciendo lo agradable que era, lo dulce que era y lo