Bien pudiera ser, dijo la señora McNab, jugueteando con sus recuerdos; tenían amigos en países orientales; caballeros que se hospedaban allí, señoras con vestido de noche; los había visto una vez a través de la puerta del comedor, todos sentados a cenar. Veinte, se atrevía a decir, con todas sus joyas, y ella pidió quedarse a ayudar a fregar los platos, tal vez hasta pasada la medianoche.
Ah, dijo la señora Bast, lo encontrarían cambiado.
Se asomó por la ventana. Vio a su hijo George segar la hierba.
Bien podían preguntar qué se había hecho con él, dado que se suponía que el viejo Kennedy estaba a cargo, y luego se le puso la pierna tan mal después de caerse del carro; y tal vez luego nadie durante un año, o la mayor parte de uno; y después Davie Macdonald, y se podían mandar semillas, pero ¿quién iba a decir si alguna vez las plantaron?
Lo encontrarían cambiado.
Ella observaba a su hijo segar. Era un hombre muy dado al trabajo, de esos callados. Bueno, ya debían de estar avanzando con los armarios, supuso. Se incorporaron a duras penas.
Al fin, tras días de labor dentro, de corte y excavación fuera, se sacudieron los plumeros de las ventanas, se cerraron las ventanas, se giraron las llaves por toda la casa; se dio un portazo en la puerta principal; estaba terminado.
Y ahora, como si la limpieza y el fregado y el acto de segar y cortar la hierba lo hubieran ahogado, se alzó aquella melodía medio oída, aquella música intermitente que el oído apenas capta pero deja caer; un ladrido, un balido; irregular, intermitente, mas de algún modo emparentado; el zumbido de un insecto, el temblor de la hierba cortada, disjuntos mas de algún modo pertenecientes;