eran irreales, y ahora aquello era real; el bote y la vela con su remiendo; Macalister con sus pendientes; el ruido de las olas—todo aquello era real. Al pensar esto, iba murmurando para sí: «Perecimos, cada uno en su soledad», pues las palabras de su padre resonaban una y otra vez en su mente, cuando su padre, al verla mirar con tanta vaguedad, empezó a tomarle el pelo.
¿No conocía los puntos cardinales? preguntó. ¿No distinguía el norte del sur? ¿De verdad creía que vivían ahí fuera?
Y volvió a señalar, y le enseñó dónde estaba su casa, allí, junto a aquellos árboles. Ojalá intentara ser más precisa, decía:
«Dime: ¿cuál es el este, cuál es el oeste?»
dijo, medio riéndose de ella, medio regañándola, pues no lograba comprender el estado mental de nadie que, sin ser un perfecto imbécil, no conociera los puntos cardinales. Y sin embargo, ella no los conocía.
Y al verla contemplando, con sus ojos vagos, ahora más bien asustados, fijos en donde no había casa, el señor Ramsay olvidó su sueño; cómo paseaba de arriba abajo entre las urnas de la terraza; cómo le tendían los brazos. Pensó que las mujeres siempre son así; la vaguedad de sus mentes no tiene remedio; era algo que nunca había logrado comprender; pero así era. Había sido así con ella—su esposa. No conseguían retener nada claramente fijo en la mente. Pero se había equivocado al enojarse con ella; es más, ¿no le gustaba más bien esa vaguedad en las mujeres? Era parte de su encanto extraordinario. Haré que me sonría, pensó. Tiene aspecto asustado. Estaba muy callada. Apretó los dedos y decidió que su voz y su rostro y todos los rápidos y expresivos gestos de los que se había valido para que la gente le tuviera lástima y lo alabara durante todos estos años debían domeñarse.