que llevaba el Sr. Ramsay, desde su corbata deshilachada hasta su chaleco abrochado a medias, indiscutiblemente suyas. Podía verlas caminando hacia su habitación por su propia voluntad, expresivas en su ausencia de patetismo, hosquedad, mal humor, encanto.
“¡Qué botas tan hermosas!”, exclamó ella.
Se sentía avergonzada de sí misma. Alabar sus botas cuando él le había pedido que consolara su alma; cuando le había mostrado sus manos sangrantes, su corazón lacerado, y le había pedido que se compadeciera de ellos, decirle entonces, con alegría: “¡Ah, pero qué botas tan hermosas llevas!”, merecía, bien lo sabía —y levantó la vista esperando recibirlo, en uno de sus repentinos rugidos de mal humor—, la aniquilación total.
En su lugar, el señor Ramsay sonrió. Su luto, sus ropajes, sus debilidades se desprendieron de él. Ah, sí, dijo, levantando el pie para que ella lo mirara, eran botas de primera clase. Solo había un hombre en Inglaterra capaz de hacer unas botas así. Las botas se cuentan entre las peores maldiciones de la humanidad, dijo. > «Los hormeros se empeñan —exclamó— en deformar y torturar el pie humano». También son los hombres más obstinados y perversos del mundo. Le había costado lo mejor de su juventud conseguir que le hicieran las botas como debían hacerse. Quería que ella observara (levantó el pie derecho y luego el izquierdo) que jamás había visto unas botas de semejante forma. Estaban hechas, además, con el mejor cuero del mundo. La mayor parte del cuero no era más que papel de estraza y cartón. Miró con complacencia su pie, que aún mantenía en el