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nydus/To the LighthousePublic
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V

Sí, pensó Lily, mirando fijamente, debo de haberla visto con ese aspecto, pero no de gris; ni tan quieta, ni tan joven, ni tan pacífica. La figura acudía con la facilidad de siempre. Era asombrosamente hermosa, decía William. Pero la belleza no lo era todo. La belleza tenía este inconveniente: acudía con demasiada facilidad, acudía de un modo demasiado completo. Apagaba la vida; la congelaba. Uno se olvidaba de las pequeñas agitaciónes; el rubor, la palidez, alguna mueca extraña, alguna luz o sombra que volvían irreconocible el rostro por un momento y que, sin embargo, añadían un matiz que uno veía para siempre jamás. Era más sencillo allanar todo eso bajo el amparo de la belleza. Pero ¿cuál era su verdadero aspecto, se preguntaba Lily, cuando se calaba la gorra de cazador en la cabeza, o cruzaba corriendo el césped, o le atizaba una reprimenda a Kennedy, el jardinero? ¿Quién podría decírselo? ¿Quién podría ayudarla?

Contra su voluntad había vuelto a la superficie, y se hallaba medio fuera del cuadro, mirando, un tanto aturdida, como a cosas irreales, al señor Carmichael.

Yacía en su sillón con las manos entrelazadas sobre la panza, ni leyendo, ni durmiendo, sino recostándose al sol como una criatura empachada de existencia.

Su libro había caído al césped.

Ella quería ir directamente hacia él y decirle: «¡Señor Carmichael!». Entonces él levantaría la vista benévolamente, como siempre, desde sus ojos verdes, vagos y brumosos. Pero uno solo despertaba a la gente si sabía qué quería decirle. Y ella no quería decir una sola cosa, sino todo. Las pequeñas palabras que fragmentaban el pensamiento y lo desmembraban no decían nada. «Sobre la vida, sobre la muerte; sobre la

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