siquiera te hablara, que ni siquiera te viera, él permeaba, imperaba, se imponía. Lo cambiaba todo. No podía ver el color; no podía ver las líneas; aun con la espalda vuelta hacia mí, solo podía pensar: Pero se me vendrá encima en un momento, exigiendo... algo que sentía que no podía darle. Rechazó un pincel; escogió otro. ¿Cuándo vendrían esos niños? ¿Cuándo se marcharían todos?, se impacientaba. Ese hombre, pensó, mientras su ira iba en aumento, nunca daba; ese hombre quitaba. Ella, en cambio, se vería obligada a dar. La señora Ramsay había dado. Dando, dando, dando, había muerto... y había dejado todo esto. De verdad, estaba enfadada con la señora Ramsay. Con el pincel temblando levemente entre sus dedos, miró el seto, el escalón, el muro. Era obra de la señora Ramsay. Estaba muerta. Ahí estaba Lily, a los cuarenta y cuatro años, perdiendo el tiempo, incapaz de hacer nada, de pie allí, jugando a pintar, jugando a la única cosa a la que no se jugaba, y era todo culpa de la señora Ramsay. Estaba muerta. El escalón donde solía sentarse estaba vacío. Estaba muerta.
¿Pero por qué repetir esto una y otra vez? ¿Por qué empeñarse siempre en sacar a relucir algún sentimiento que ella no tenía? Había una especie de blasfemia en ello. Todo era sequedad: todo estaba marchito: todo, agotado. No debían habérselo pedido; ella no debía haber venido. A los cuarenta y uno, uno no puede perder el tiempo, pensó. Odiaba jugar a pintar. Un pincel, lo único fiable en un mundo de luchas, ruina, caos, con eso no se debía jugar, ni siquiera a sabiendas; lo detestaba. Pero él la obligaba. No vas a tocar tu lienzo, parecía decirle, abalanzándose sobre ella, hasta que me hayas dado lo que quiero de ti. Ahí estaba otra vez, muy cerca de ella, codicioso, trastornado. Bueno, pensó Lily desesperada, dejando caer la mano derecha al costado, entonces sería más sencillo acabar de una vez. Sin duda podía imitar de memoria el fulgor, la rapsodia, la entrega de sí misma que había visto en los rostros de tantas mujeres (en el de la señora Ramsay, por ejemplo), cuando en alguna ocasión como aquella estallaban —podía recordar la expresión en el rostro de la señora Ramsay— en un rapto de compasión, de deleite en la