se decía a sí misma, desde el alba de los tiempos se le han cantado odas al amor; se han amontonado coronas y rosas; y si le preguntaras a nueve de cada diez personas, dirían que no desean otra cosa que esto; mientras que las mujeres, a juzgar por su propia experiencia, estarían sintiendo todo el tiempo: esto no es lo que queremos; no hay nada más tedioso, pueril e inhumano que el amor; aunque también es hermoso y necesario. Y bien, ¿y bien?, se preguntó, esperando de algún modo que los demás continuaran con la discusión, como si en una discusión como esta uno lanzara su pequeño dardo que caía obviamente corto y dejaba que los otros lo llevaran más lejos. Así que volvió a escuchar lo que estaban diciendo por si acaso arrojaban algo de luz sobre la cuestión del amor.
—Luego —dijo el señor Bankes—, está ese líquido que los ingleses llaman café.
—¡Ay, el café! —dijo la señora Ramsay. Pero era más bien una cuestión (estaba plenamente animada, podía ver Lily, y hablaba con