Era así entonces, la isla, pensó Cam, pasando una vez más los dedos por el agua. Nunca antes la había visto desde mar adentro.
Yacía así sobre el mar, en efecto, con una hondonada en el medio y dos peñascos afilados, y el mar irrumpía allí, y se extendía por millas y millas a ambos lados de la isla.
Era muy pequeña; tenía algo la forma de una hoja apoyada sobre su tallo.
Así que tomamos un botecito, pensó, empezando a contarse una historia de aventuras sobre la huida de un barco que se hundía.
Pero con el mar escurriéndosele entre los dedos, una estela de algas desvaneciéndose a sus espaldas, no quería contarse una historia en serio; lo que quería era la sensación de aventura y huida, pues pensaba, a medida que el bote avanzaba, cómo la ira de su padre por los puntos cardinales, la terquedad de James con respecto al pacto y su propia angustia, todo se había desvanecido, todo había pasado, todo se había esfumado.
¿Qué venía entonces después? ¿Adónde iban?
De su mano, helada, sumergida en las profundidades del mar, brotó una fuente de alegría por el cambio, por la huida, por la aventura (por el hecho de estar viva, de estar allí). Y las gotas que caían de esta fuente de alegría repentina e inconsciente salpicaban aquí y allá las formas oscuras y soporíferas de su mente; formas de un mundo no realizado pero que giraban en su oscuridad, capturando aquí y allá una chispa de luz; Grecia, Roma, Constantinopla.