ocupada, al parecer, cuidando de que nada fuera mal, que apenas hablaba. ¡Cuánto se debió de culpar Prue por aquella tijereta en la leche! ¡Qué pálida se había puesto cuando el señor Ramsay arrojó su plato por la ventana! ¡Cómo se marchitaba bajo aquellos largos silencios entre ellos! De todos modos, ahora su madre parecía compensárselo; asegurándole que todo iba bien; prometiéndole que uno de estos días esa misma felicidad sería suya. Aunque ella la había disfrutado durante menos de un año.
Había dejado caer las flores de su cesta, pensó Lily, entornando los ojos y retrocediendo como para contemplar su cuadro, que sin embargo no estaba tocando, con todas sus facultades en trance, congeladas superficialmente pero moviéndose por debajo a extrema velocidad.
Dejó caer sus flores de la cesta, las desparramó y esparció por la hierba y, de mala gana y con vacilación, pero sin cuestionar ni protestar —¿acaso no poseía la facultad de la obediencia a la perfección?—, fue también. Prados abajo, valles a través, blanca, salpicada de flores—así es como lo habría pintado. Las colinas eran austeras. Era rocoso; era empinado. Las olas sonaban roncas en las piedras de abajo. Fueron, los tres juntos, la señora Ramsay caminando bastante rápido al frente, como si esperara encontrarse con alguien a la vuelta de la esquina.
De pronto, la ventana que estaba mirando se blanqueó debido a alguna tela clara colocada detrás. Al fin, pues, alguien había entrado en el salón; alguien estaba sentado en el sillón. Por el amor de Dios, rogaba, que se quedaran quietos ahí y no salieran a tropezones a hablar con ella. Por fortuna, quienquiera que fuese se quedó quieto adentro; se había acomodado, por un golpe de suerte, de tal modo que proyectaba una sombra triangular de forma extraña sobre el escalón. Alteraba un poco la composición del cuadro. Era interesante. Podría ser útil. Su estado de ánimo estaba regresando. Había que seguir mirando sin relajar ni por un