como una mancha de luz solar y se había desvanecido. Había cerrado la puerta con llave; se había marchado. Estaba por encima de las fuerzas de una sola mujer, decía. Nunca mandaban. Nunca escribían. Había cosas ahí arriba pudriéndose en los cajones; era una pena dejarlas así, decía. El lugar se había arruinado por completo. Solo el haz del Faro penetraba en las habitaciones por un momento, lanzaba su repentina mirada fija sobre la cama y la pared en la oscuridad del invierno, contemplaba con ecuanimidad al cardo y a la golondrina, a la rata y a la paja. Nada se les resistía ya; nada les decía que no. Que soplara el viento; que la amapola se propagara y el clavel se apareara con la col. Que la golondrina anidara en el salón, que el cardo apartara las tejas y que la mariposa se calentara al sol sobre la cretona descolorida de los sillones. Que los vidrios rotos y la porcelana yacieran en el césped y se enredaran entre la hierba y las bayas silvestres.
Pues había llegado ese momento, esa vacilación en que el alba tiembla y la noche se detiene, en que si una pluma se posara en la balanza, esta se inclinaría hacia abajo.
Una sola pluma, y la casa, hundiéndose, cayendo, habría girado y dado un vuelco hacia las profundidades de la oscuridad.
En la habitación en ruinas, los excursionistas habrían encendido sus teteras; los amantes habrían buscado refugio allí, tendidos sobre las tablas desnudas; y el pastor habría guardado su almuerzo sobre los ladrillos, y el vagabundo habría dormido con el abrigo envuelto alrededor para espantar el frío.
Entonces el techo se habría venido abajo; las zarzas y las cicutas habrían borrado el sendero, el escalón y la ventana; habrían crecido, desigual pero lozanamente sobre el montículo, hasta que algún intruso, al perderse, solo habría podido saber por un tascafuegos al rojo vivo entre las ortigas, o un fragmento de loza en la cicuta, que allí una vez alguien había vivido; que había habido una casa.