sobre el techo de la cabina.
En la canoa que se acercó, repitiendo su incesante palabra de mendicidad «yammerschooner», venían dos indias y un indio, los especímenes humanos más duros que jamás había visto en todos mis viajes.
«Yammerschooner» fue su queja cuando se alejaron de la orilla, y «yammerschooner» fue cuando se pusieron al lado.
Las indias pedían comida con señas, mientras que el indio, un salvaje de rostro negruzco, permanecía de pie y huraño, como si no tuviera el menor interés en el asunto; pero al darme la espalda para buscar unas galletas y carne seca para las indias, el «bisoñé» saltó a cubierta y me hizo frente, diciéndome en un jerigonzo español que ya nos habíamos visto antes.
Creí reconocer el tono de su «quejido de lamento», y su poblada barba lo identificaba como el Negro Pedro a quien, era verdad, había visto antes. > «¿Dónde está el resto de la tripulación?», preguntó, mientras miraba a su alrededor con inquietud, esperando tal vez que salieran manos de la escotilla de proa para darle su merecido por tantos asesinatos. «Hace unas tres semanas», dijo, «cuando