Las traicioneras bocas de Port Phillip, un lugar agreste, estaban agitadas cuando el Spray entró en la bahía de Hobson desde mar abierto, y lo estuvieron más cuando zarpó. Pero, con espacio para maniobrar y a vela, el barco se comportó admirablemente nada más cruzarlas.
Fue una travesía de pocas horas hasta Tasmania a través del estrecho, con el viento favorable y soplando con fuerza. Me llevé conmigo el tiburón de St. Kilda, relleno de heno, y se lo entregué al profesor Porter, conservador del Museo Victoria de Launceston, situado en el estuario del Tamar. Durante muchísimos días por venir, el tiburón de St. Kilda podrá verse allí.
¡Ay! La buena pero equivocada gente de St. Kilda, cuando las revistas ilustradas con imágenes de mi tiburón llegaron a sus quioscos, montó en cólera y arrojó al fuego todos los periódicos que mencionaban al pez; pues St. Kilda era un balneario... ¡y la idea de que hubiera un tiburón allí! Pero mi espectáculo continuó.
El Spray estaba amarrado en la playa, junto a un pequeño embarcadero en Launceston, aprovechando que la marea, impulsada por el vendaval que lo había remolcado río arriba, era inusualmente alta; y allí quedó bien firme y encallado, sin que hubiera a su alrededor suficiente agua en ningún momento posterior como para mojarse los pies hasta que estuvo listo para zarpar; entonces, para ponerlo a flote, se cavó el terreno bajo su quilla.
En este acogedor lugar la dejé al cargo de tres niños, mientras yo hacía viajes por las colinas y descansaba mis huesos, para el próximo viaje, sobre las rocas cubiertas de musgo en el desfiladero cercano, y entre los helechos que encontraba por dondequiera que iba. De mi embarcación se cuidaba muy bien. Nunca regresaba sin comprobar que las cubiertas habían sido lavadas y que uno de los niños, la hijita de mi vecino más cercano de enfrente, estaba en la pasarela