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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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XVII

—¿De dónde es el malandar? —De alrededor del mundo —volví a contestar, muy solemnemente. —¿Y solo? —Sí; ¿por qué no? —¿Y usted me conoce? —Hace tres mil años —grité—, cuando usted y yo teníamos un trabajo más caluroso que el de ahora (incluso aquel era caluroso). Usted entonces era Jenkinson, pero si se ha cambiado el apellido no lo culpo por ello.

El señor Jenkins, alma tolerante, le siguió el juego a la broma, lo cual le vino muy bien al Spray, pues a raíz de esta historia se difundió el rumor de que, si alguien subía a bordo después del anochecer, el diablo se lo llevaría de inmediato. Y así pude dejar el Spray sin el temor de que fuera robada por la noche.

La cabina, por cierto, fue forzada, pero ocurrió a plena luz del día, y los ladrones no consiguieron más que una caja de arenques ahumados antes de que «Tom» Ledson, uno de los oficiales del puerto, los sorprendiera con las manos en la masa, por así decirlo, y los mandara a la cárcel. Esto desanimó a los mequetrefes, pues temían a Ledson más que al propio Satán.

Ni siquiera a Mamode Hajee Ayoob, que era el vigilante de día a bordo —hasta que una caja vacía se cayó en el camarote y lo espantó aterrorizándolo—, se le pudo contratar para vigilar por la noche, ni siquiera hasta que el sol se pusiera. «Sahib», exclamó, «no hace falta», y lo que dijo era perfectamente verdad.

En Mauricio, donde respiré profundamente, el Spray plegó sus alas, pues era la estación del buen tiempo. Las penalidades del viaje, si es que las

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